“Buen día, Presidente”
Así era como empezaba cuando redactaba las cartas semanales durante mi tiempo de misionero en la Misión Perú Piura de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Como misioneros, cada semana teníamos la responsabilidad de escribir a nuestro Presidente de Misión acerca de nuestro desarrollo personal, y de nuestras labores misionales. En lo personal, siempre consideré un privilegio poder dirigirme al Presidente mediante estas cartas; pues pienso que la forma en que escribimos refleja algunos rasgos de nuestra personalidad.
Cada seis semanas teníamos una entrevista con el Presidente de Misión. En esas entrevistas el Presidente tenía una conversación amena con nosotros en las que nos instruía más acerca de nuestras responsabilidades misionales, y también indagaba acerca de las dificultades por las pudiéramos estar pasando. Estas entrevistas parecían familiares, pues el Presidente contaba con nuestras cartas semanales mediante las cuales podía conocernos más; así que parecía que uno conversaba con un amigo, pues nos conocía.
A medida que transcurría el tiempo como misionero tuve muchas oportunidades de servir en diferentes asignaciones dentro de la misión. Estas experiencias me sirvieron para recibir capacitación continua de parte del Presidente. En cada oportunidad que tuve de recibir ministración de parte suya puse mis cinco sentidos alertas, tratando de rescatar cada principio subyacente en sus palabras. Puede sonar exagerado. Sin embargo, los que aceptamos el principio de la revelación continua, sabemos que nuestros líderes eclesiásticos son llamados de Dios; por lo tanto, yo siempre consideré (hasta el día de hoy) que las ocasiones para aprender de las enseñanzas de estos líderes son importantísimas. Y mi Presidente de Misión no fue la excepción. Al contrario, bajo su ministerio aprendí principios profundos del Evangelio de Jesucristo.
Ayer, caminando por el cruce de la Av. Javier Prado y la Av. Arequipa, me encontré con mi Presidente de Misión. Tuvimos una conversación breve, pero suficiente para recordar muchos de esos momentos especiales que disfruté al trabajar cerca a él. Siempre lo atosigaba con mis preguntas, que no siempre eran acerca del Evangelio, sino también sobre cualquier otro tema. En especial recuerdo una vez en que nos encontramos en la carretera de Jaén a Piura pasando por la quebrada Vega de Ñaupe. En esta ocasión el Presidente estaba cansado de manejar, así que cedió la conducción a otro misionero y se sentó atrás donde nos encontrábamos mi compañero, Octavio Vigil, y yo. Fueron como 5 horas en que conversamos acerca del liderazgo eclesiástico, los principios del Evangelio, y otras cosas más. Mi compañero y yo estábamos ávidos de atesorar cada principio que compartía con nosotros. Las cosas aprendidas durante ese viaje (mi último con él) aún las recuerdo y el sentimiento que acompañó esos momentos todavía puedo sentirlo.
Por todo esto, siempre estaré muy agradecido a Dios. Y también a usted, presidente César Hooker.
Buen día, presidente Hooker.












