Experiencias espirituales
Antes de comenzar esta entrada quiero hacer presente que pertenezco a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones), por lo tanto, el desarrollo espiritual ocupa una de mis prioridades en la vida.
El don más grande que uno puede recibir mientras se encuentra en esta vida terrenal es el don del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es un miembro de la Trinidad, por ello posee algunos atributos semejantes a los del Padre y el Hijo, por ejemplo, la omnipresencia (facultad de estar en todas partes). Sin embargo, el Espíritu Santo tiene una cualidad especial en comparación con el Padre y el Hijo, pues, como ser espiritual que es, puede morar en el corazón de las personas. Las funciones del Espíritu Santo son muchas, y todas muy beneficiosas para las personas. La que, según mi parecer, considero de gran beneficio para el hombre es que el Espíritu sabe todas las cosas, por lo tanto, es capaz de advertirnos acerca de ciertas situaciones, y confirmarnos que el camino en que vamos es el correcto, o el incorrecto, según corresponda. De cualquier modo, es neesario poder sentir el Espíritu en nuestras vidas, pues, además de servirnos de guía, sólo mediante él podremos tener un testimonio de Jesús el Cristo.
Las formas en que el Espíritu Santo se comunica con los hombres son muy variadas, y a cada persona le corresponde poder identificar esa forma. Cada uno de nosotros tiene pequeños momentos de lucidez espiritual. Las Escrituras mencionan que esto se trata de impresiones espirituales que nos confirman ciertos asuntos, tanto temporales como espirituales. Pero la condición de tenerlo como compañero perpetuo sólo se cumple luego de haber recibido las ordenanzas introductorias del Evangelio: el bautismo por inmersión para la remisión de pecados, y la imposición de manos, precisamente, para comunicar el don del Espíritu Santo. Éstas, además de ser ceremonias indispensables para ser aceptados en la morada celestial, son símbolos del nacimiento nuevo que una persona está dispuesta a cumplir al aceptar los preceptos del evangelio en su vida.
Las experiencias espirituales son como vitaminas para el alma, pues proporcionan la seguridad de que el curso que nuestra vida está siguiendo es el correcto. Así como es necesario hacer el esfuerzo de conseguir vitaminas e ingerirlas para nuestra fortaleza física, también se espera que cada uno de nosotros busque estas experiencias espirituales, mediante una oración constante en nuestro corazón, bien de forma tangible, arrodillándonos y pidiendo específicamente por ello, o bien dirigiendo nuestros pensamientos en todo momento al Altísimo mientras estudiamos posibilidades de decisiones. Describir qué es lo exactamente se siente cuando uno se siente en ese estado espiritual es imposible. Las cosas del Espíritu aún no se pueden explicar con palabras, sólo se sienten. Quizá lo más aproximado que se puede decir es que se siente algo semejante a un ardor en el pecho, como si se estuviera sintiendo calidez en el interior; y esto acompañado de una claridad mental singular, como nunca antes gozada y siempre anhelada. Además, este sentimiento y lucidez mental provocarán en nosotros la perfecta seguridad de que la confirmación y conocimientos recibidos vienen de Dios. El alma, después de tan misericordiosa dádiva, tiene deseos de expresar gratitud por la condescendencia de Dios al permirle gozar de ministración celestial. Este es totalmente congruente con la experiencia vivida.
Sin embargo, a pesar de lo maravilloso que puede resultar todo esto, lo que viene es tan importante como la revelación obtenida. Después de que el Señor haya permitido descorrer un poco del velo de ignorancia que envuelve nuestra mente, se espera que uno actué conforme a lo revelado. Porque al fin y al cabo, el propósito de nuestra súplica era obtener conocimiento ahí donde no sabíamos qué más hacer ¿o no? Por lo tanto, es necesario que seamos obedientes a lo aprendido. Sólo así esa experiencia espiritual tendrá su máximo alcance.
A lo largo de mi vida he tenido la bendición de tener muchas experiencias espirituales que han fortalecido mi decisión de vivir los principios del evangelio de Jesucristo. Y puedo advertir de que cada vez que he seguido esas impresiones me ha ido mejor de lo que esperaba. Por eso puedo asegurar, con la total convicción de que el Señor cumple su palabra, que la facultad de poseer estas experiencias espirituales están al alcance de toda persona que, con sinceridad de corazón y con el puro deseo de conocer la verdad, se hinque de rodillas al Señor y que estudie Su doctrina y el Señor, mediante su Espíritu la hará saber la verdad de las cosas. Medite usted en su corazón ese asunto que le tiene intranquilo, tome una decisión personal y preséntesela al Señor; si es correcta usted sentirá todo lo mencionado, mas si no es así, si su decisión no es la correcta, su mente se ofuscará y olvidará la conclusión errónea que había tomado.
Nuestro Padre Celestial nos ama mucho, y espera que aprendamos a confiar en Él por fe. Sólo así desarrollaremos atributos que nos ayudarán a prefeccionarnos.












